Una viajera que ya conocía Brasil, el primer viaje de su hijo al país y tres noches en el río Miranda, todo contado por ella misma
A sus 63 años, Sandy McKelvey lleva buena parte de su vida adulta viajando a Brasil. Enseña inglés como segunda lengua en un colegio comunitario de Nueva York y habla portugués: de joven tuvo un negocio en el país y recorrió Brasil durante 12 años.
Vivió en Bahía y en Pernambuco, y también conoce Ceará, Belém do Pará, Manaus, Minas Gerais, Natal, São Luís do Maranhão, Santarém, Rondônia y Acre. Un amigo biólogo que vive en Corumbá, ciudad a las puertas del humedal, le había recomendado el único lugar donde, en todos esos años, nunca había puesto un pie: el Pantanal.
La oportunidad llegó con Robert, su hijo, y sus dos semanas libres. Era su primer viaje a Brasil, así que Río de Janeiro y São Paulo entraron solos al comienzo del itinerario. Sandy, en cambio, quería algo que contrastara para cerrar el viaje: eligió el enorme humedal de 210.000 km² que se extiende por Mato Grosso y Mato Grosso do Sul.
En agosto de 2026, Sandy y Robert pasaron tres noches en un lodge a orillas del río Miranda, dentro de un Tour Económico por el Pantanal organizado por PlanetaEXO y acompañado por un guía local. Esta es su historia: ¡conócela abajo!
Lo que ella esperaba y lo que el Pantanal es en realidad
Sandy llegó con una imagen armada a partir de documentales de naturaleza. Lo que encontró la sorprendió: un paisaje productivo, porque la ganadería ocupa buena parte del Pantanal Sur.
“Me di cuenta de que gran parte del Pantanal es campo agrícola, fazendas y cría de ganado”, cuenta. “Y tenía sentido. No era exactamente lo que había imaginado, pero aun así me pareció muy interesante. Lo disfruté muchísimo.”
También sabía que un entorno salvaje es impredecible, sobre todo con los animales. Aun así, Robert llegó con la ilusión de ver un oso hormiguero, que nunca apareció. A cambio, madre e hijo se cruzaron con capibaras, caimanes, búfalos, monos aulladores y muchas aves hermosas.
Vale la pena saberlo antes de ir: la estación seca, de julio a octubre aproximadamente, concentra a los animales alrededor del agua que queda y te da las mejores probabilidades. Y aunque este sea el mejor destino de Brasil para observar fauna, la naturaleza sigue su propio ritmo, y es justamente eso, que nada esté garantizado, lo que vuelve tan auténtico al ecoturismo.
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En el Pantanal, tu guía es tu mejor amigo
Pregúntale a Sandy qué marcó el viaje y te habla de Bobby, su guía. “Lo más especial del viaje fue nuestro guía. Era simplemente maravilloso.”
Su trabajo, según ella lo describe, no paraba nunca. “Estaba todo el tiempo rastreando animales a nuestro alrededor. Y, sinceramente, si él no hubiera estado con nosotros, no habríamos visto nada, porque los animales se esconden.” El ejemplo al que vuelve una y otra vez es un grupo de monos aulladores, muy alto y muy lejos. “Vio que se movían unas ramas y dijo: ‘¡Miren, monos aulladores!’ Fue increíble”, recuerda todavía asombrada.
Por una casualidad simpática, Bobby resultó ser muy cercano a ese mismo amigo de Corumbá, lo que volvió la experiencia aún más rica y personal.
Las conversaciones con él fueron la otra mitad del viaje. Sandy preguntó sin parar y, en las respuestas, apareció un Brasil que no había conocido ni en Bahía ni en Pernambuco. “Me gustó conocer gente distinta de la que había conocido en otras partes de Brasil”, dice.
La conclusión de Sandy es el consejo más simple y, a la vez, el más valioso. “Nunca vayas al Pantanal sin un guía. Sería una pérdida total de tiempo.”
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Río arriba, por un brazo estrecho donde los animales se acercaron
De todo el programa, una salida se destacó: la segunda excursión por el río, la que subió hasta un brazo de agua más pequeño, donde Sandy vio más animales.
El momento que mejor describe ocurrió en un tramo pantanoso, cargado de plantas, donde el bote simplemente se detuvo. “Nos quedamos ahí un rato y después nos dimos cuenta de que estábamos completamente rodeados”, recuerda. Decenas de caimanes por todos lados.
Y caminando entre ellos, sobre la vegetación, había una jaçanã, el ave que la gente de la zona llama pájaro de Jesucristo por su capacidad de “caminar sobre el agua”: sus enormes patas, de dedos finos y uñas largas, reparten el peso sobre las plantas acuáticas y le permiten deslizarse por la superficie con una fluidez sorprendente.
“Estaba justo ahí, entre todos los jacarés, y nadie molestaba a nadie”, agrega. “Estaban juntos, cada uno en lo suyo. Me pareció hermoso.”
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Un día de pesca que terminó siendo memorable
La pesca de pirañas es una actividad fija en el lodge donde se quedaron Sandy y Robert, pero a ella no le entusiasmaba nada. Otro grupo se quedó con el horario previsto y la salida quedó para el último día. “Pensé que iba a ser apresurada y no tan buena”, admite.
Y, contra todo pronóstico, fue una de las mejores cosas del viaje. La diferencia, otra vez, fue el guía. “En realidad, fue superdivertido. Si no hubiera sido por Bobby, no habría tenido gracia.” Sandy había oído hablar de otros grupos que no pescaron nada y se rindieron. Bobby, en cambio, puso una regla: nadie para hasta que todos saquen un pez.
“Todos pescamos uno. Nos seguía dando más carne y explicando cada cosa. No paramos hasta que todos sacamos el nuestro”, dice con una sonrisa.
Un collar, un machete y media hora de trenzado
La última actividad de la estadía fue una caminata corta por un sendero. Otra vez, contar con un profesional fue decisivo. “No habríamos notado nada si él no nos hubiera señalado ciertas cosas, como algunos árboles”, apunta Sandy.
En un momento, Bobby se detuvo frente a una planta suculenta y le mostró al grupo cómo sacar las fibras de una hoja con un machete. Después empezó a trenzarlas hasta dejarlas firmes y resistentes. Estaba haciendo una pulsera para Robert, pero calculó mal el largo y se la dio a otra persona. No fue problema: le haría otra.
Cortó una segunda hoja y luego se la llevó de vuelta. Al día siguiente, justo antes de la pesca, Bobby y Robert se sentaron a trabajarla juntos. Salió un collar en lugar de una pulsera: un diente de caimán que llevaba encima, una segunda fibra trenzada para dar color de contraste y cerca de media hora de trabajo.
“Fue de una belleza increíble, porque este muchacho es claramente un artista además de un guía”, dice. “Completamente fuera de lo que uno espera. [Bobby] solo quería que [Robert] se llevara un buen recuerdo.”
Buena hospitalidad y un día de calor extremo
Sandy y Robert sabían que el alojamiento que eligieron, el Pantanal Jungle Lodge, era rústico y cómodo a la vez. “Es medio agreste, pero lo esperábamos y nos gusta así”, afirma. Se quedaron en una de las habitaciones con literas y la compartieron con otros dos viajeros. “Estuvo todo bien. Todo el mundo fue supereducado.”
El resto de su veredicto es corto y va en la misma línea: “La comida era muy rica y todos los huéspedes eran superamables.” El lodge está justo sobre el río Miranda, y eso hace la mitad del trabajo: Sandy fotografió aves sin salir de la propiedad.
La estadía la dejó contenta, pero el calor fue duro. El Pantanal es caluroso por naturaleza y, según la época del año, seco. Una mañana en particular, durante una cabalgata, fue especialmente exigente. “Habrán sido unos 100 °F (38 °C). Hacía muchísimo calor y estábamos al sol.”
Esa tarde el grupo salió a remar en kayak contra la corriente. “Me gusta mucho el kayak, pero hacía demasiado calor. En ese momento pensé: ‘Estoy agotada por el calor’.” Fue un desafío, aunque ella aclara que a nadie más le pasó lo mismo. “Fui solo yo. Me estaba costando mucho el calor.”
El clima pesa muchísimo en el itinerario y en la experiencia de cada persona, y no solo en el Pantanal, sino en cualquier destino de naturaleza. Conocer tus propios límites, como hizo Sandy, ¡es lo más sensato que puedes hacer!
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¿Es seguro el Pantanal? La respuesta honesta de Sandy
Sandy no responde esta pregunta con ingenuidad. Vivió en Brasil, tuvo todo tipo de experiencias en ciudades brasileñas (buenas y malas) y sabe muy bien cómo moverse en una ciudad grande.
Sobre el Pantanal, la respuesta salió de inmediato. “Me sentí 100% segura. Ni siquiera tienes que preocuparte por dónde dejas la billetera o el bolso”, afirma.
Los animales tampoco la inquietaron nunca. “Jamás sentí miedo de los animales. Ni se me pasó por la cabeza”, cuenta. “Vamos en un bote grande. Es seguro.” También se fijó en el lado operativo del asunto. “[El personal] se tomaba muy en serio que todos usáramos chaleco salvavidas.”
Próxima parada: la Amazonía (esta vez con su hija)
Del viaje al Pantanal ya salió el siguiente. La hija de Sandy llega a Brasil por primera vez y las dos irán a Manaus y a la Amazonía, un lugar que Sandy conoció hace años y no ha vuelto a ver.
Son dos destinos que vale la pena conocer en una misma vida. La Amazonía es selva: densa, vertical y misteriosa. El Pantanal es un humedal abierto, donde el agua empuja a los animales hasta ponerlos a la vista.
Sandy conoce Brasil de memoria y el lugar que le robó el corazón es Salvador, en Bahía, una de las ciudades donde vivió. “Es tan particular, tan histórica: la cultura, la música. Si vas a ir a Brasil, tienes que visitar Salvador.”
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Conoce el Pantanal Sur con PlanetaEXO
Ahora que conoces la historia de Sandy, ya sabes lo que ofrece de verdad el Pantanal Sur: un humedal en plena actividad, donde a los animales hay que encontrarlos y nadie los exhibe, y donde un guía que sabe leer la orilla del río define el viaje entero.
PlanetaEXO es una plataforma de ecoturismo especializada en tours por el Pantanal Sur. Trabajamos junto a guías y operadores locales con experiencia, y nos ocupamos de la logística (traslado desde Campo Grande, lodge, comidas y programa de actividades) para que te concentres solo en la naturaleza, desde la primera reserva hasta el último paseo en bote. ¡Contáctanos ahora!

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